ESPACIO PROFUNDO 131

Entró a la Bahía de Acapulco pues te- nía que dejar y recoger pasaje, invi tando a los de paso a que bajaran a visi tar el puerto así como a su tripulación, quedándose con el personal necesario, la nave fue separada del muel le argumentando que ésta, tenía que ser fumigada por orden de sanidad y les avisarían la hora de abordar la nave nuevamente. Sin sospechar lo que ocu- rriría, mientras unos visitaban el puerto otros esperaban impacientes sin perder de vista el Río de la Plata, pues a bordo se encontraban todas sus pertenencias. Pasado el t iempo y al f i lo del medio día el comandante Alonso dio aviso de un incipiente incendio en el cuar to de máquinas, el cual se comprometió a controlar cuando rechazó la ayuda de las autoridades locales como la Armada de México y la de capitanía de puerto. El incendio fue aumentando y 24 horas des- pués era imposible controlarlo, la amenaza de una explosión era inminente y esto representaba un serio pel igro para las instalaciones portuarias y la pequeña población de Acapulco. Ante esta grave situación el capitán del puerto en turno Almirante Manuel Lozano dio la orden de alejar la nave del muel le; para el lo se uti l izó un remolcador de la ar- mada al mando del capitán Carlos Margain. Con esta maniobra se intentaba llevar el barco mortalmente herido fuera de la bahía alejándolo del puerto a la inminente explosión; a la mitad de ésta, se iniciaron una serie de explosiones en el interior del barco, que obl igaron al capitán Margain enfi lar hacia la base naval de Icacos en busca de ayuda más eficaz. El barco argentino comenzó a hundirse por la popa amenazando arrastrar consigo al remolcador. Un golpe de hacha al cabo que unía ambos navíos, que realizó el contra maestre del Cap. Margain marcó la línea entre la vida y la muerte, entre seguir nave- gando, naufragar y perderse en las profundidades de la bahía o l legar sano y salvo a su base. Sólo el perro que servía de mascota en el Río de la Plata acompañó enloquecido a la nave Argentina tomando así el lugar del capitán del barco. Tripulación y pasajeros observaban con tristeza y desesperación como la nave orgul lo de la mari- na mercante Ital iana y luego Argentina, descendía lentamente, hundiéndose para siempre y llevándose sus pertenencias; desesperados algunos ofrecían fuertes cantidades de dinero a quienes rescataran sus pertenencias que ahí quedarían para siempre en la bahía más hermosa del mundo. La tina de baño del capitán Ball. Puerta de acceso en la banda de estribor. Foto: Jaime Mejía Silva Foto: Jaime Mejía Silva 11

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