ESPACIO PROFUNDO 146
22 En cambio algunos habrán tenido esa sensación de ya haber estado ahí. Yo lo he sentido en muchas ocasiones. En Peleliu, una remota isla deMicronesiaenel océanoPacífico, donde se libró unade lasmás feroces batallas durante la segunda guerra mundial; en lo alto de un templo en Bali o visitando la siempre fascinante y conflictivaantigua ciudad de Jerusalén. ¿Quizás es debido a esos genes com- partidos a través de miles de años?, o ¿a alguna reencarnación previa?… no lo sé, pero es un sentimiento muy profundo. La vida ofrece multitud de oportunidades para continuar el viaje, movernos de un lado a otro, conocer gentes, culturas y dejar una parte de nosotros mismos en cada lugar. Es por ello que cada vez que regreso me invade una sensación de pérdida y nome recupero totalmente hasta queemprendounonuevoqueme brinda nuevas experiencias y así sucesivamente. Al final, creo que la vida se conforma de una serie de pequeños tránsitos, entendidos como ciclos de inicio y término, se trate de un viaje a otro país, el paso en una relación, el recorrido por las etapas en la vida, de un trabajo o una carrera. Y en cada ciclonos vamos transformando y evolucio- nando, de manera que todos y cada uno de ellos contribuye a conformar la persona que somos en este momento. ¿Viajamos o buscamos? o quizá son ambas co- sas. Pero la realidad es que no somos los mismos tras el regreso, algo ha cambiado dentro de nosotros. Quizás el reconocernos como parte de una civilización mayor o el de sabernos poseedores de varias vidas pasadas… Pero algo cambia y no somos los mismos. Cada vez sentimos que pertenecemos más a un mundo y no a una ciudad o país específico, más a una humanidad y no a una cultura determinada. Claro, los genes ahí están y nos atrae siempre lo que más nos conecta con ellos. Pero vamos reeditándolos y ampliando su disco duro para futuras generaciones. Quizás sea ésta una de nuestras misiones en la vida. Sabemos que la vida acaba y nos queda preparar el último viaje, ese que nos llevará a ese destino desconocido quea tantosasusta. Perosi estamosacostumbradosaviajar y “morir” después de cada viaje, no nos asustará tanto el saber que tenemos que emprender ese que será el último… el que cerrará el ciclo entre ese primer viaje, producto de la unión de nuestros padres, y el último de nuestra existencia material. Como bien dice el escritor catalán Rafael Argullol en su libro Visión desde el fondo del mar: “Pese a que pue- da parecer paradójico, con la adopción de la perspectiva póstuma lo que se pretende es apropiarse, en el grado más alto posible, de la energía de la vida. Por así decirlo, este punto de vista póstumo implica el agradecimiento de haber nacido, de viajar en esa cáscara de nuez que se mece en el océano universal de los nonatos”. La vida ofrece multitud de oportunidades para continuar el viaje, movernos de un lado a otro, conocer gentes, culturas y dejar una parte de nosotros mismos en cada lugar.
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