Edición 159
42 L Definitivamente no es tan glamoroso como la ahora mega preocupa- ción de sociedades sobre la vaquita marina, tan posicionada mediáti- camente que hasta el actor Leonardo DiCaprio ha firmando acuerdos con el presidente de la república para su protección y ha provocado también la intervención de grupos ambientalistas tan emblemáticos como la Sea Shepherd Conservation Society, los cuales con sus em- barcaciones han buscado a los pocos ejemplares que quedan para protegerlos de las voraces redes sonorenses que las atrapan, al faenar buscando el oro biológico del Alto Golfo de California que es el la vejiga natatoria de la Totoaba. Ni tampoco es tan atractivo como el drama playero representado por la tortuga marina, que cumple con el rito migratorio anual de depositar sus huevitos con aspecto de pelotas de ping pong en el lugar que hace años le haya visto nacer. Lágrimas viscosas y abundantes escurren de sus ojos salpicados de arena mientras decenas de peloti- tas caen dentro del nido excavado trabajosamente por esta especie luchadora que se ha ganado un lugar emblemático en el inconsciente colectivo ambientalista de nuestra sociedad, que hoy por hoy consi- dera impensable que se vuelva algún día a consumir como alimento. Prochlorococcus es un sermuymodesto; tiene el aspecto de una bolita de apenas media milésima de milímetro de diámetro, un color verde hoja tan común que no ayuda desde el punto de vista mercadológico y tampoco presenta rasgos característicos que le distingan de otros de su mismo género. No llora ni deposita huevos en la playa después de grandes pujidos, no se clava popotes en la nariz ni se asfixia comiendo bolsas de plástico, no mete la cabeza por los anillos de las latas de cerveza, mucho menos se le verá morir exhalando débiles chillidos frente a una cámara de alta definición en una playa mexicana. Es un ser tan sencillo y tan humilde que su vida es más bien como la de un bit de computadora: Prendido y está vivo; se apaga y muere. a mayoría de los lectores quedarán extrañados de que se abo- gue por la salvación de un ser tan extraño, que de primera impresión por su nombre en latín sólo podemos saber que es redondo y verde. 80,000 Es el número estimado de genes utilizados por diversas cepas de Prochlorococcus . Aproximadamente cuatro veces del total del genoma humano > 100,000 número de células de Prochlorococcus por mililitro de agua del océano en ciertos lugares 20 % cantidad estimada de fotosíntesis global atribuida a Prochlorococcus y otras cianobacterias 220 millones de automóviles, es igual a la masa de Prochlorococcus en los océanos del mundo
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